Gracias por estar siempre ahí. Por seguir esperando, aunque yo te ignore o te rechace. Gracias por estar siempre a mi puerta con una sonrisa. Tú quieres vivir conmigo, ayúdame a que yo quiera vivir contigo.
Edith Stein, filósofa judía, cuenta que paseando un día con una amiga, «entramos unos momentos en la catedral. Y , mientras estábamos allí en respetuoso silencio, llegó una señora con su cesta del mercado y se arrodilló profundamente en un banco, para hacer una breve oración. Esto fue para mí algo totalmente nuevo. En las sinagogas y en las iglesias protestantes a las que había ido, se iba solamente para los oficios religiosos. Pero aquí, llegaba cualquiera, en medio de los trabajos diarios, a la iglesia vacía, como para un diálogo confidencial. Esto no lo he podido olvidar» . Más tarde Edith Stein se convertiría al catolicismo; se hizo carmelita y fue martirizada por los nazis en Auschwitz.
- Nuestro Dios es un Dios que sabe esperar. Ahí está en el sagrario esperando que acudamos a él. No nos exige hacer antesala. La hace Él; y larga.
«Cuando te acerques al Sagrario piensa que ¡Él! te espera desde hace veinte siglos» (San Josemaría).
(Rezo y contemplación de un misterio del Santo Rosario.)
– «Considerad que la paciencia de Dios es nuestra salvación» (2 Pe 3, 15).
Pedir perdón nos cuesta. Estamos convencidos de que “no puede ser tan fácil”. No creemos en la infinita Misericordia Todopoderosa, y nos dedicamos a justificarnos, a crear una imagen de Dios complicada.
El pecado tiene consecuencias, sí, y es Dios el único que puede remediar y mejorar el mal hecho.
Nosotros, sumergidos en nuestro orgullo, o escondemos el pecado y sus consecuencias (cosa muy cansada y destructiva) o nos dedicamos a flagelarnos para reparar; pero en realidad sólo Dios puede reparar y nosotros, desde Dios, podemos colaborar un poquito. Poquito que alegra mucho al Señor y para Él será como una montaña grande, grande.
Está deseando ayudarnos, amarnos: dejémosle.