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Solo Dios basta |
Enero 2007 |
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Hola, Jesús; un mes más estamos aquí, a tu lado, contentos de poder pasar un ratito contigo. Igual nos ha costado un esfuercillo venir: te lo ofrecemos encantados, porque Tú lo aprovechas todo, hasta lo más pequeño. Gracias.
Cuando Jesús se apareció por segunda vez en el cenáculo, el apóstol Tomás, que había dudado de su resurrección, vio sus llagas, metió la mano en la herida del costado y creyó. Conoció el amor de Dios. Experimentó, tocó, palpó la Misericordia de Cristo simbolizada en aquellas heridas… Entonces, arrepentido, confesó su fe: «Tú eres mi Señor y mi Dios» .
También nosotros necesitamos palpar la Misericordia de Dios, conocer profundamente su Amor, meter la mano en su costado y reconocer que, como Tomás, hemos sido cobardes y hemos huido ante el sufrimiento, ante la Cruz; reconocer que hemos sido duros de corazón, como los fariseos… y que hemos sido desconfiados… Y necesitamos decirle con sencillez: «Señor mío y Dios mío».
«Nosotros hemos conocido el Amor que Dios nos tiene y hemos creído en él» , dice san Juan.
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«¡Qué grandes misterios de confianza y amor son para nosotros la pasión de Jesucristo y el Santísimo Sacramento del Altar!, misterios que fueran increíbles si la fe no nos certificara de ellos. ¡Un Dios omnipotente querer hacerse hombre, derramar toda su sangre y morir de dolor sobre un patíbulo!, y ¿para qué? ¡Para pagar por nuestros pecados y salvar así a los rebeldes gusanillos! Y ¡querer dar después a tales gusanillos su mismo cuerpo, sacrificado en la cruz, y dárselo en alimento para unirse estrechamente a ellos! ¡Oh Dios, tales misterios debieran inflamar en amor todos los corazones de los hombres! ¿Qué pecador, por perdido que se crea, podrá desesperar del perdón si se arrepiente del mal hecho, viendo a un Dios tan enamorado de los hombres e inclinado a dispensarles toda suerte de bienes? Esto inspiraba tanta confianza a San Buenaventura, que prorrumpía en estas palabras: “¿Cómo podrá negarme las gracias necesarias a la salvación aquel que tanto hizo y sufrió por salvarme?... Iré a Él fundado en toda esperanza, pues no me negará nada quien por mí quiso morir”» (San Alfonso María de Ligorio, Práctica del amor a Jesucristo , cap. 3).
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(Peticiones)
(Rezo de un misterio del Santo Rosario)
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Somos seres creados, creados por el Amor y para el Amor, y nuestro corazón no descansa hasta que lo encuentra. Vamos buscando por la vida algo que nos satisfaga, que nos dé seguridad; pero fuera de Dios sólo conseguimos escasísimos fogonazos de felicidad y, después, tristeza y ansiedad, y vuelta a empezar con otra cosa o persona, a ver si lo logramos definitivamente.
Sólo nuestro Señor puede colmar nuestras ansias de felicidad y dar solución a nuestros pecados, tristezas, soledades, miedo (¡cuántos miedos nos paralizan!)... Él tiene la solución para todo esto y está esperando a que nos volvamos hacia Él con sinceridad y se lo pidamos.
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Madre, Tú que me llevas en tus brazos como hijo tuyo,
libérame de las cadenas de mis apegos.
Haz que, como un globo,
me vuelva ligero ante el soplo del Espíritu Santo,
y me someta fácilmente al cumplimiento de la voluntad de Dios.
No quiero saber
de dónde viene este soplo divino
ni adónde me lleva,
no quiero imponerle a Dios
mis propias visiones y planes.
Quiero ser obediente y dócil,
como Tú.
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«Si oras así, María te tomará en sus brazos y aunque continúes siendo pesado y resistente como un ladrillo, te llevará a donde el Espíritu Santo quiera. Ella es plenamente sensible a sus más delicadas inspiraciones y le obedece siempre» (Slawomir Biela, Abrid de par en par las puertas a Cristo, pp. 158-159).
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